Era
de noche, mi cuerpo extrañaba sus besos, mis senos enloquecidos de pasión,
extrañaban sus cálidos labios. Mi clítoris ardía en deseo. Más ella ya no
estaba.
La
mexicana, como quería a esa condenada chamaca. La extrañaba, cuanto la
extrañaba. Extrañaba su sonrisa y su mirar, sus palabras de aliento y de amor.
Quienes amamos intensamente podemos darnos el lujo de padecer una larga congoja
cuando el ser querido se va.
La
mexicana, era ella y ninguna más, pero no era suficiente extrañar. Mi cuerpo
pedía más. Así que la llamé. Debí saber que no me contestaría. De otra, será de
otra. Como antes de mis brazos, parafraseaba a Neruda, mientras apagaba un
cigarrillo y mi mente se consolaba pensando en lo feliz que ahora ella podía ser.
¿Cómo
olvidar aquellos labios? Como dejarla de amar, si siento que me moje entre sus
manos, tan solo con verla pasar. Le importaba mucho lo que pensara su familia,
su entorno, sus amigos. Ella no quería sentir, ya no quería amar.
Entonces
recordé como me mandé.
Quiero
ser la chica mala de esta historia le dije, la tome de la mano y le di un beso
en la mejilla. Pues aprende dijo ella, me tomo de sorpresa por el cuello y me
impregno un apasionado beso en los labios. Era de noche y el parque Kennedy,
bien podía camuflar a dos amantes apasionadas. Acto seguido le pregunté:
¿Quieres estar conmigo?
Ella
se quedó callada, como pensando, como para hacerme sufrir. Y esos segundos de
espera fueron años, hasta que un si diminuto se asomó en la penumbra. Sonreí,
sonreí tanto que ella me dijo, cambia esa cara de idiota.
Su
delicadeza no era precisamente su mejor virtud. Pero supe que desde ese día mi
vida cambiaría radicalmente.
Ella
era artista, pintaba los más espectaculares lienzos y por supuesto, desnudos,
fue así como la contacte por primera vez y aunque nunca concretamos la cita,
siempre fue entretenido charlar con ella entrada la noche, siempre de frente.
Invitándole un café de esos bohemios en Miraflores o viendo una galería de arte
en Barranco.
Fue
en esas conversaciones que salió a traslucir un viejo incidente en una
discoteca miraflorina. Era el cumpleaños de un amigo, me contó. Era mi pata del
alma, siempre creí que su aversión por las chicas era por temor a enamorarse
tanto de una y no ser correspondido. Pero no, esa noche descubrí de qué pie
cojeaba el pato. Soltó una carcajada, me abrazó y dijo que continuaría el
relato en otro momento.
Entonces
puse cara de molesta, esa cara que tanto la conmovía. Bueno, continuó, mi amigo
me propuso visitar una “discoteca de ambiente” y le dije: ¿Declank le vas a los
hombres? Y él con un gesto coqueto masculló un sí bastante afeminado.
Nunca
lo habría imaginado, pensé que esa corbata rosada era un toque de glamour. Que
ese afán por ver la serie Glee era otro de tus tantos caprichos.
¡Ay
ya párale! No te metas con mis gustos Ariana, además que tanto me reclamas si
yo sé que tú también eres.
Simplemente
me ahogue en un estornudo extraño, mientras ella me extendía su pañuelo y me
miraba con cierta dosis de complicidad.
¿Cómo
crees que se dio cuenta?, atine a preguntar. No lo sé, respondió ella. Hace
tiempo que aumentamos y somos más evidentes sin querer, o a veces con esa
esperanza de que noten nuestra existencia, así es más fácil conseguir pareja,
¿no lo crees Sonia?
Me
puse roja, tan roja como un tomate maduro, y luego palidecí. Tienes razón,
respondí para salir del bochorno. Pero hay que saber con quién hacerlo ¿no?
Arremetí.
Y
antes de que pudiera decir o hacer algo más pedí la cuenta y nos despedimos.
MARAVILLOSO
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