Lorena
Donado, la hija de importante exportador portuario. Tenía una magnifica
sonrisa, ojos cálidos, cabello lacio negro largo, la tez bronceada, tenía
brillo en la mirada. Una silueta envidiable, un alma pura y un corazón muy
grande. Su belleza física fue lo primero que llamo mi atención.
En
una de mis tantas excursiones por los hospitales, la vi y quede perpleja, era
ella. Definitivamente ella era la persona que necesitaba para la pintura que se
me había encargado para una campaña de sensibilización para personas con VIH.
La ministra de Salud de Perú, me había pedido,
como favor especial, que le ayudara con unos cuadros para dicha campaña, pues
quería mediante ella catapultarse en las encuestas con miras a los próximos
comicios electorales.
Y
Lorena era perfecta para tal compromiso. Me acerque sigilosa y me presente
diciendo:
¿Es
usted la doctora encargada de este servicio? Mucho gusto, mi nombre es Ariana
Cortez Hidalgo, artista plástica, debo realizar unas pinturas para una campaña
de salud y quisiera saber si tendría la gentileza de posar para una de mis
pinturas.
Déjeme
responder a su pregunta: No estoy encargada de este servicio y si me gustaría apoyar,
si me comenta un poco más acerca de lo que pretende hacer. Soy Lorena Donado
Rioja, Médico Internista de este servicio.
Bueno,
agradezco su interés por participar, no le quitaré mucho tiempo, solo debo
pedirle permiso para mirarla mientras realiza sus labores y retratarla. Si no
le molesta claro.
Para
nada, por mí no hay ningún inconveniente, acompáñeme entonces, que ya voy a
iniciar mi rotación.
Y mientras
más la observaba, más gestos agradables podían notar. Y cada detalle iba siendo
plasmado en mi lienzo, cada gesto, cada mirada, cada movimiento de sus
delicadas y suaves manos, y con qué paciencia atendía y como se expresaba. Mi
sensibilidad estaba a flor de piel y sentía el aire que respiraba, sentía el
suelo bajo sus pies, era como sentir que ella volaba, y los gestos de
preocupación y los de alegría al ver mejorías en sus pacientes.
Cuando
acabe el cuadro, puse por excusa que era necesario volverla a ver, para darle
los últimos detalles, y que si podía ir a mi taller sería fantástico, le di mi
tarjeta y ella me entrego la suya.
Me despedí
dándole las gracias por su tiempo y su paciencia. Y cuando me acerque para
darle un beso de despedida, tropecé y mis labios rozaron muy cerca de los
suyos. Fue como si un impacto de electricidad alcanzara mi cuerpo. Gire
rápidamente y me fui.
El
desconcierto se apoderó de mí, ¿Qué había ocurrido? Acaso estaba a punto de
sucumbir en un nuevo sentimiento nunca antes experimentado y que algunos llaman
erradamente ¿Amor?
No,
quizás era solo una fuerte atracción y nada más.
A la
mañana siguiente, recibí una inesperada visita. De pie, y frente a mi puerta
estaba Lorena, vestía unos jean apretados y una chamarra de cuero color café.
Hola,
dijo ella. Sé que puede parecer sorpresiva mi visita pero no aguante las ganas
de ver… los cuadros que pintaste ayer.
Bueno,
aún le faltan algunos detalles, pero si deseas te puedo mostrar cómo van.
Me
encantaría, dijo sonriente.
El recibidor
le abría paso al jardín empedrado que conducía al patio principal, al centro,
una modesta pileta con un ángel. Una escultura de mármol al lado de la puerta
principal nos recibía con un aire a grandiosidad.
En la sala el David de Miguel Ángel se erguía
majestuoso, Y algunas imágenes más adelante que no reconocía, cautivaron mis
ojos. Ariana era una excelente artista, tenía un fino gusto para los acabados y
los detalles. Me gustaba la decoración de su casa, y finalmente me llevo al
taller que estaba junto a su cuarto y dentro de su casa, en un área separada,
era un cuarto blanco, y dos enormes ventanas le daban paso a una maravillosa
vista, a lo lejos se distinguía las costas de la playa Manzanillo, una de las
más bellas de todo México.
El
primer lienzo mostraba a una mujer demacrada que trataba de esbozar una sonrisa
de mejoría, pero una profunda tristeza en sus ojos nublaba su mirar, Lorena
hacía un perfecto contraste, pues tomaba entre sus manos las decaídas y débiles
de la otra mujer, y luego de una breve conversación conseguía mejorar su ánimo,
era un efecto casi mágico. Como conmovedor. Le pregunte por la historia de
aquella mujer.
Casi
puedo sentir que estoy nuevamente ahí, me dijo. Ella es Ana Bonett Torres, Era
doctora en el servicio de Pediatría, hasta que le diagnosticaron VIH, lo más
difícil fue lograr que se repusiera psicológicamente del trance.
La
enfermedad ha avanzado bastante y su salud no mejora, los médicos damos por
perdida cualquier acción. Ella misma ha perdido la fe.
Pude
notarlo, le dije. Esa inexpresión de su rostro y ese pesar en su mirar, jamás
eh visto una imagen similar.
Bueno,
aún hay mucho por hacer, y mientras ella siga luchando, la batalla no habrá
terminado. Me gusta tu determinación le dije. Y sentí unas ganas locas de
besarla.
¡Qué
mujer! Era una dama en todo el sentido de la palabra. Dejo su mano a mi alcance
y yo la sostuve, al tiempo que decía, eres valiente, eres la ladrona de causas
perdidas.
Me
miro extrañada y fue ella quien esta vez poso su mano sobre la mía. Y me dijo:
En realidad, las personas más valientes somos, las que más veces hemos
atravesado momentos de cobardía.
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