Era
hora de la verdad, estaba decidida a amar, a entregarme sin reparos. La tomé de
las manos y la conduje al lugar pactado. Ella cerró las cortinas y aquel
recinto fue convertido en un santuario donde dos almas se amaron y entregaron
un poco de si para fundir ese sentimiento y llevarlo por siempre en sus
corazones embargados de desenfreno.
La
tome de la cintura, la acerque a mis labios y sin tocar los suyos sentí como me
amaba. Quise recordar ese momento por toda la eternidad, no hubo mucho tiempo
para pensar y nos dejamos llevar por el momento.
Ella
coloco sus brazos alrededor de mi cuello y mientras me acariciaba me iba
desvistiendo. Al tiempo que yo deslizaba mis hábiles manos entre sus piernas y
mis dedos alcanzaban la gloria. Mágicamente se introducían hasta donde su
anatomía lo permitía. Soltó un gemido muy cerca de mi oído, haciendo que me
derrita de placer, un movimiento más otro gemido, luego otro y otro y varios a
la vez, mis manos tomaban más velocidad. Una arriba acariciaba sus senos, su espalda,
su cuello. Y la otra seguía en ese monte de Venus, cada vez más cerca al olimpo
que se mecía entre su delicado clítoris
y la entrada al paraíso.
Yo,
tomaba la iniciativa en todo momento, y ella se dejaba querer, me tocaba ser la
mujer. Ella se dejaba, y me enloquecía con su manera de disfrutar el orgasmo.
Esos gritos me llevaban lejos, me sacaban de este mundo y me depositaban ahí
donde los sueños se hacen realidad.
Empezaba
a cansarme, le cedí la posta. Ella ni corta ni perezosa me recostó en la
alfombra, situó mis nalgas sobre un cojín y me pidió que abriera las piernas.
Poco a poco empezó a besarme los muslos cada vez más cerca a ese punto que
tanto me gustaba, cuando su lengua llego a ese espacio, mi cuerpo se
desvaneció, sentí que flotaba y que ella flotaba conmigo. Fue tan magistral, Dios,
tocaba el cielo con las manos, sentía como si fuera a morir y resucitar en un
solo paso.
Fue
ahí donde recordé lo de mi enfermedad, bah, no es importante pensé. De todas
formas no creo que pasé nada malo. Perdí la concentración, hice un movimiento
brusco y me incorporé, la besé, la besaba como si jamás pudiera volver a
hacerle el amor. Y así sería.
Meses
después me enteré que realizaría una especie de voluntariado en el África,
supuse que no la vería jamás así que quise ir a despedirme. Me recibió cordialmente
en su casa, los hermosos cuadros de abedul decoraban como siempre ese acogedor
hogar. El sillón amplio cerca a la chimenea, le daba un aspecto como de
castillo medieval.
Qué
bueno que hayas venido me dijo ella cortando el silencio. Era necesario tener
esta conversación.
Quede
perpleja, no eres de las personas que sienten cuando tienen algo con alguien,
le dije. Alucinando que quizás tanto fuego hubiera despertado en su espíritu
amor.
No
es eso, dijo pausadamente, la verdad debía decirte algo. Tomo aire y me dijo:
Estoy embarazada.
Solté
una carcajada, no me dirás que soy el padre, le brome. No es un chiste dijo
inexpresiva.
Además…tengo
VIH.
Sus
palabras me cayeron como un rayo en una tormenta. Me pare, le di un abrazo y
luego, ella contuvo una lágrima y me beso. No la retiré porque también
necesitaba ese beso. El calor de su piel, el contacto con su alma. Sentir que,
aunque no me amará, no le era indiferente.
Saldremos
de esto juntas, hazlo por tu hijo y por ti. No viajes te lo pido, no resistiría
verte lejos de mí.
Contuvo
otra lágrima, Laura, nunca te lo dije pero eres la primera persona a la que le
digo esto, ni mis familiares o amigos más cercanos lo saben.
Ana,
le dije, sabes que cuentas conmigo desde ahora y para siempre.
Sabes
por qué te dije esto , que nadie más sabe por qué te amo, porque despertaste en mi eso que tanto
trate de ocultar, eso que siempre fingí en otras relaciones pero que ahora es
real y no se compara a nada que haya sentido antes.
Te amo y quiero vivir por nosotras,
por mi hijo. Por un futuro a tu lado.
Asentí,
La tome de la cintura y la bese con el más profundo sentimiento, Acaricie sus
mejillas, Con besos seque las lágrimas de sus ojos, como mi madre lo hacía
conmigo cuando lloraba.
Quise
contarle lo de mi enfermedad, pero cielos después de su confesión no me atrevía
a decirle.
No
paso mucho tiempo para que sus recaídas fueran más constantes y aunque hice de
todo por darle una vida digna, una mañana de abril sus ojos se cerraron para
siempre.
Y
aunque sé que el cáncer que tengo avanza cada vez más rápido aun no le pierdo
la alegría a la vida. Ana me regaló una niña, que es casi su fiel recuerdo y
que a petición suya se llamó como ella.
Me
recuerda tanto a su madre, que es imposible rendirse, no aquí, no en esta
situación. Traté de contactar con el padre de Ana. Aunque no me conocía, le
conté la historia que me dijera su madre. Él desconoció esta versión y me dijo
que no tuvo nada con ella.
¿Cómo?
Y quien es el padre. Sera quizás que cumplió con su sueño de maternidad asistida
y nunca me lo dijo. ¿Qué sería de la niña cuando yo muriera?
Por
el momento, contraté una nodriza para la pequeña, redacte mi testamento en el
que dejaba todas mis posesiones a nombre de Ana, que serían administradas por
Declank mi hermano menor, hasta la mayoría de edad.
Ahora
sí, me dije, puedo morir en paz.
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