sábado, 14 de junio de 2014

AMOR A LA MEXICANA Capítulo 2



Era hora de la verdad, estaba decidida a amar, a entregarme sin reparos. La tomé de las manos y la conduje al lugar pactado. Ella cerró las cortinas y aquel recinto fue convertido en un santuario donde dos almas se amaron y entregaron un poco de si para fundir ese sentimiento y llevarlo por siempre en sus corazones embargados de desenfreno.
La tome de la cintura, la acerque a mis labios y sin tocar los suyos sentí como me amaba. Quise recordar ese momento por toda la eternidad, no hubo mucho tiempo para pensar y nos dejamos llevar por el momento.
Ella coloco sus brazos alrededor de mi cuello y mientras me acariciaba me iba desvistiendo. Al tiempo que yo deslizaba mis hábiles manos entre sus piernas y mis dedos alcanzaban la gloria. Mágicamente se introducían hasta donde su anatomía lo permitía. Soltó un gemido muy cerca de mi oído, haciendo que me derrita de placer, un movimiento más otro gemido, luego otro y otro y varios a la vez, mis manos tomaban más velocidad. Una arriba acariciaba sus senos, su espalda, su cuello. Y la otra seguía en ese monte de Venus, cada vez más cerca al olimpo que se mecía entre su delicado clítoris  y la entrada al paraíso.
Yo, tomaba la iniciativa en todo momento, y ella se dejaba querer, me tocaba ser la mujer. Ella se dejaba, y me enloquecía con su manera de disfrutar el orgasmo. Esos gritos me llevaban lejos, me sacaban de este mundo y me depositaban ahí donde los sueños se hacen realidad.
Empezaba a cansarme, le cedí la posta. Ella ni corta ni perezosa me recostó en la alfombra, situó mis nalgas sobre un cojín y me pidió que abriera las piernas. Poco a poco empezó a besarme los muslos cada vez más cerca a ese punto que tanto me gustaba, cuando su lengua llego a ese espacio, mi cuerpo se desvaneció, sentí que flotaba y que ella flotaba conmigo. Fue tan magistral, Dios, tocaba el cielo con las manos, sentía como si fuera a morir y resucitar en un solo paso.
Fue ahí donde recordé lo de mi enfermedad, bah, no es importante pensé. De todas formas no creo que pasé nada malo. Perdí la concentración, hice un movimiento brusco y me incorporé, la besé, la besaba como si jamás pudiera volver a hacerle el amor. Y así sería.
Meses después me enteré que realizaría una especie de voluntariado en el África, supuse que no la vería jamás así que quise ir a despedirme. Me recibió cordialmente en su casa, los hermosos cuadros de abedul decoraban como siempre ese acogedor hogar. El sillón amplio cerca a la chimenea, le daba un aspecto como de castillo medieval.
Qué bueno que hayas venido me dijo ella cortando el silencio. Era necesario tener esta conversación.
Quede perpleja, no eres de las personas que sienten cuando tienen algo con alguien, le dije. Alucinando que quizás tanto fuego hubiera despertado en su espíritu amor.
No es eso, dijo pausadamente, la verdad debía decirte algo. Tomo aire y me dijo: Estoy embarazada.
Solté una carcajada, no me dirás que soy el padre, le brome. No es un chiste dijo inexpresiva.
Además…tengo VIH.
Sus palabras me cayeron como un rayo en una tormenta. Me pare, le di un abrazo y luego, ella contuvo una lágrima y me beso. No la retiré porque también necesitaba ese beso. El calor de su piel, el contacto con su alma. Sentir que, aunque no me amará, no le era indiferente.
Saldremos de esto juntas, hazlo por tu hijo y por ti. No viajes te lo pido, no resistiría verte lejos de mí.
Contuvo otra lágrima, Laura, nunca te lo dije pero eres la primera persona a la que le digo esto, ni mis familiares o amigos más cercanos lo saben.
Ana, le dije, sabes que cuentas conmigo desde ahora y para siempre.
Sabes por qué te dije esto , que nadie más sabe por qué  te amo, porque despertaste en mi eso que tanto trate de ocultar, eso que siempre fingí en otras relaciones pero que ahora es real y no se compara a nada que haya sentido antes.
            Te amo y quiero vivir por nosotras, por mi hijo. Por un futuro a tu lado.
Asentí, La tome de la cintura y la bese con el más profundo sentimiento, Acaricie sus mejillas, Con besos seque las lágrimas de sus ojos, como mi madre lo hacía conmigo cuando lloraba.
Quise contarle lo de mi enfermedad, pero cielos después de su confesión no me atrevía a decirle.
No paso mucho tiempo para que sus recaídas fueran más constantes y aunque hice de todo por darle una vida digna, una mañana de abril sus ojos se cerraron para siempre.
Y aunque sé que el cáncer que tengo avanza cada vez más rápido aun no le pierdo la alegría a la vida. Ana me regaló una niña, que es casi su fiel recuerdo y que a petición suya se llamó como ella.
Me recuerda tanto a su madre, que es imposible rendirse, no aquí, no en esta situación. Traté de contactar con el padre de Ana. Aunque no me conocía, le conté la historia que me dijera su madre. Él desconoció esta versión y me dijo que no tuvo nada con ella.
¿Cómo? Y quien es el padre. Sera quizás que cumplió con su sueño de maternidad asistida y nunca me lo dijo. ¿Qué sería de la niña cuando yo muriera?
Por el momento, contraté una nodriza para la pequeña, redacte mi testamento en el que dejaba todas mis posesiones a nombre de Ana, que serían administradas por Declank mi hermano menor, hasta la mayoría de edad.

Ahora sí, me dije, puedo morir en paz.

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