Una noche cualquiera vale
Son las siete y media de un sábado cualquiera, si llegas
antes de las nueve entrarás gratis.
Hay un lugar en Miraflores, para ser exactos en la calle Los
Pinos 191, cerca al parque Kennedy, ahora llamado siete de junio. Se llama Down
Town Vale Todo y es la mejor discoteca de ambiente de todo Lima.
Voy sola como siempre, me piden mi DNI y lo entrego como de
costumbre, luego de marcar mi ingreso como el número nueve de la noche, accedo
a las escaleras que me conducen al segundo nivel. Antes de subir una guardia de
seguridad revisa mi bolso y si tengo algún objeto contundente. Subo y al lado
derecho están las cajeras, todas con lindas camisas rosa con el logo de la discoteca,
más adelante un guardia de seguridad, verificando que tengas tu brazalete; si
vas a la zona latina o si vas a concepto, pero como aún es temprano, me deja
pasar nomas.
Sigo de frente hasta toparme con el bar que marca el pasaje
entre la zona concepto y la dorada. Continúo y a mi izquierda está la zona
electrónica con sus luces y su música electrizante, es temprano y no hay mucha
gente aún, los pocos parroquianos se disponen en una fila larga alrededor de un
altillo que hace las veces de mesa para los vasos y las pertenencias. Hay una
especie de gradería en la que las drag queen bailan al término de su función,
allí se sientan las chicas cuando vienen solas pero esperan a alguien, ya en el
transcurso de la noche esa parte de la disco se convierte en zona de ligue por
baile.
A veces dos drag queen se colocan ahí y sostienen una
botella de vodka, te sostienen y te dan
un gran sorbo si dejas que te saquen el polo, luego te sacuden con fuerza la
cabeza y con un beso te despiden.
La gente comienza a llegar, de repente giro y la veo, se le
ve bien, esta con un polo negro, una camisa negra encima, un pantalón claro.
Viene con un amigo, gay por supuesto, cuyo nombre, Agustín, ha sido
transformado para ser llamado ahora Agustina. Ella se llama Judith, pero es
solo una amiga. Bailo con ella cada que la veo por ahí, nos reímos y todo queda
así. Ella conversa con su amigo excluyéndome de la conversación, no me agrada,
para nada, odio no saber el contenido de su conversa.
Vamos caminando por la disco, subimos nuevamente al área que
conecta la dorada, concepto y la latina. Bajamos y nos quedamos en la zona
latina, ponen full cumbia latin pop, reggaetón, merengue, salsa; bailamos un
buen rato, pero se aburre y quiere subir un rato para ver bien latina y ver si
llega a quien está esperando, la sigo y me coloco en la barra que nos da acceso
a la vista panorámica en latina, giro y me encuentro con Karina, una chica de
unos 32 años a quien conocí en el equipo de rugby al que Milagros me invito a entrar.
Milagros es una odontóloga egresada de la universidad donde
estoy estudiando, ella acabó el 2005, y yo aún estoy en quinto ciclo. Karina me
pregunta por ella y por Mapi, otra amiga en común que también es odontóloga y
trabajó con Milagros. Le cuento que Mapi ya no trabaja con Milagros,
disolvieron la empresa en la que trabajaban juntas.
Me mira y me comienza a hablar, dice que está esperando a
unas amigas, son apenas las once de la noche, sonrió y nos ponemos a conversar.
Le cuento que hace un rato saque a bailar a una chica muy linda, con un corte
muy tradicional en el gremio, ese estilo de raparse parte de la mitad del
cabello. Le dije te gustaría bailar conmigo, y ella me respondió no, yo
pregunte por qué? Y me dijo porque no
quiero. Karina me dijo, seguro pensó que eras activa, si le demuestras que eres
moderna, fácil y bailarías con ella. Me he pasado dijo, creo que tienes
experiencia le digo, de hecho yo también tengo, la diferencia está en que yo no
aprendo de mis errores, los vuelvo a cometer una y otra vez.
Me dice que con los años se aprende, a fallar una y otra vez
hasta que al final adquieres eso a lo que llamamos “experiencia”.
Judith, me mira algo enojada y se aleja con su amigo, no se
despide. Yo simplemente le volteo el rostro. Camino con Karina hacia abajo, nos
confundimos con la gente que llega a la zona latina, bailamos un poco, recibo
un mensaje de texto, son dos amigos gays que conocí en el vale el día anterior.
El “vale” como cariñosamente se le dice a esta discoteca,
también llamado dt o vt por sus iniciales.
Me dicen que están llegando y les doy mi ubicación, llegan y
bailamos todos muy felices. Ademir, es un chico moreno de un metro sesenta,
trae un polo verde con los costados rasgados muy sexi, ojos claros y facciones
finas. Deklan, es más lindo, cabello rizado y tez clara, ojos saltones y
sonrisa sincera.
Son dos hermosos muchachos que no bailan con cualquiera.
Karina me reta: “invita a bailar a esa chica”. Invítala tú le digo, yo le digo
a otra, ella accede. Y ahí va…
Veo como se le acerca, le sonríe, da un saltito como de
seguridad y se le acerca al oído. La otra chica sonríe y niega con la cabeza.
Sus amigos se ríen, Karina se da media vuelta y regresa, la veo y con la mirada
le digo te lo dije, como si supiera que si la sacaba a bailar ella me
rechazaría.
El rechazo es tu peor enemigo, te frustra y no te deja
volverlo a intentar, te condiciona y te
hace pensar mal, sacas tus prejuicios y dices “No funcionará”. Tu mente crea un
escenario y lo que piense te condiciona actuar, puede que pase, puede que no,
todo depende de tu accionar.
Finalmente es mi turno, Karina me señala a una chica,
sonrió. Tomo aire y camino, ella dice que
no cuando le digo: ¿amiga bailas? No insisto más, volteo y sonrió. Me
estoy acostumbrando a no sentirme mal si me dicen que no, lo voy superando.
Luego de bailar un buen rato, veo a una chica más o menos de
mi vuelo, ha tomado algo y está cansada, se le nota en su mirar. Me acerco y la
saco a bailar, antes de aceptar me pregunta si soy activa, le digo que soy
moderna y con una mirada seductora agrego, pero si gustas puedo ser tu pasiva…
Comenzamos a bailar, ella huele mal, en mi mente digo ay por
que no te bañas… le pregunto su edad, tiene veinte igual que yo, se llama
Allison y estudia banca financiera. No me parece interesante, bailo un par de
canciones más, me aburro, estoy a punto de irme y me invita un vaso de sangría,
sus amigas la fastidian, yo me siento un juguete más. Me voy, vuelvo con mis
amigos, bailamos y… de repente, aparece ella, si ella a quien hace un tiempo
deje de amar.
Esta con una amiga suya, a quien no conozco, saludan a
Karina y me mira, la miro y no me da tiempo de reaccionar. Karina esta por
presentarme y ella la interrumpe diciendo ya nos conocemos, lo decimos al mismo
tiempo.
Como olvidarla, parece que aún le duele verme, pero ahora yo
estoy sola y ella acompañada, no es necesario decir su nombre. Daniela, mi
hermana la conoce bien y conoce nuestra historia.
No se cómo actuar, no sé qué decir, quisiera hablarle, me
contengo prefiero ir a electrónica con mis amigos, vamos para allá bailamos,
bailamos, bailamos sin parar. Nadie nos saca a bailar, estamos cansados,
volvemos a latina. Ademir quiere fumar un cigarrillo, salimos. En la puerta me
doy cuenta que valió la pena conservar la pulsera del día anterior, volvemos a
entrar sin complicaciones.
Al reingresar encontramos a Deklan con un tipo, suerte
pensé. Le digo a Ademir que me voy a los sillones a descansar, me deja
plácidamente dormida. Se va nuevamente para latina.
Son las dos y treinta y seis minutos, es momento del show,
se presenta Nain Timoico en la sala electrónica con el staff de bailarines del
down town, con el nombre de Arbuleda o algo así.
Es simplemente indescriptible, algo mágico, algo único, algo
fuera de lo común. Termina, la gente migra para latina, ahí se presentan las
tan afamadas Mariconitas del Sabor. Son una imitación de las cumbiamberas
peruanas más aclamadas.
Termina su show, estoy muy cansada, me regreso a los
sillones y duermo. Son las Cuatro de la mañana, la discoteca está vaciándose,
no veo a nadie conocido, mis amigos se han ido y yo estoy sola. Una chica se
sienta a mi costado, llegan sus amigas, conversan, me miran. Hablan algo de ir
a la reina, pienso en ir con ellas cuando de repente una dice: “Es ella
verdad”. ¿Quién?- pregunta su amiga. Ella pues, la que decía baño, baño, baño,
estaba bomba. Es bonita, agrega.
Me levanto de inmediato y me voy. Me han reconocido, sé de
qué hablaban. De aquella vez que fui con Leslie a Matadero, otra discoteca en
barranco, y esas copas de vodka me hicieron volar. Solo recuerdo que esa noche
estaba como loca por ir al baño cuando llegue y no conocía el lugar. Y no
recuerdo nada más, si algo paso no lo recuerdo, suspiro.
Me resigno, otra noche que la paso sola, que ingrata soy,
buenos amigos me acompañaron, pero yo esperaba el amor, alguien a quien abrazar
y nombre que gritarle al viento.
Seis de la mañana, la discoteca va a cerrar, nos invitan a salir.
Me dirijo al parque Kennedy, tomo la calle Larco y llego frente al mar, toco mi
armónica y voy al metropolitano. Llego a mi cuarto y duermo con el recuerdo de
una noche que vale.
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